Hoy, black friday, es el deseado día que muchos esperan para realizar compras a mejor precio.

Los escaparates están llenos de descuentos tentadores, nuestros correos electrónicos llenos de mails con ofertas “irrechazables”, y cada vez que entramos en internet aparecen mil anuncios de eso que ha quedado rastreado pues lo buscamos alguna vez y ahora… ¡¡nos recuerdan que quizá lo tenemos pendiente todavía y que ahora es el momento de comprarlo!!

El consumo es algo necesario pues comemos, vestimos, nos culturizamos, crecemos, nos refinamos… y más allá de lo estrictamente necesario para sobrevivir, el progreso pone en nuestras manos cosas valiosas que nos permiten mejor vivir y progresar y, por qué no, disfrutar.

Pero, más allá del consumo responsable, en el que incluso esperas a días así para poder economizar, también existe el impulso consumista.

Este impulso puede llevar a que el consumo se convierta en un acto sin control y excesivo y se convierta en un problema, o por lo menos en una actuación “no elegida”.

Mientras la persona está comprando puede llegar a experimentar un gran placer debido a que el cerebro libera una descarga de dopamina y endorfinas, las “hormonas de la felicidad”. De esta manera, consumir, puede resultar ser una manera de compensar sensaciones desagradables que se tienen en la vida diaria.

Pero cuando se recurre a esta compensación de forma habitual se puede convertir en una dependencia hasta el punto de producir “mono” si no se satisface, viéndose reflejado en síntomas como tristeza, desasosiego, insatisfacción, irascibilidad…

El marketing promueve esta inclinación. Su estrategia se basa en la generación de condiciones para la construcción de un ideal personal que puede ser alcanzado por el consumidor mediante la compra de productos o servicios. Este ideal personal se construye a partir de un subjetivismo de lo que los demás esperan de nosotros, y donde convergen desde la realización de un deseo de felicidad por el “bienestar” que aporta el producto hasta una satisfacción de encajar con las imágenes publicitarias que conllevan glamour, carisma, poder, clase social….

Pero en este tipo de consumo impulsivo se entra en una dinámica, que como la de cualquier otra dependencia, está marcada por ciclos interminables de satisfacción/insatisfacción pues una vez satisfechas vuelven a generar carencias, que se resuelven transitoriamente mediante nuevos consumos, entrando así en un bucle que sólo conduce al sufrimiento.

La actividad mental es secuestrada por el ansia de un momento futuro de satisfacción y el presente de la persona queda enfocado a invertir esfuerzo y trabajo para poder satisfacer económicamente las demandas a través de las que espera resarcir sus deseos, confiado de que este presente de insatisfacción sea recompensado por las expectativas.

Lo paradójico es que el presente es lo único que tenemos, es donde únicamente acontece la vida.
Mindfulness, a través de su entrenamiento de la consciencia plena,

  • Nos ayuda a desarrollar nuestra capacidad de auto observación, identificando nuestras tendencias y nuestras formas de reaccionar, estando alerta a toda situación o proceder no deseable.
  • Nos ayuda a no dejarnos arrastrar por patrones de reacción sino poder desarrollar la capacidad de responder, de evaluar antes de pasar a la acción, de DECIDIR.
  • Nos ayuda a observar nuestras emociones, definirlas y gestionarlas, no “ahogarlas”.
  • Nos ayuda a encontrar la fortaleza en nosotros , la serenidad y la claridad mental

La capacidad de ser conscientes de nuestros pensamientos, emociones y sensaciones físicas permite, en el caso del consumo, que se haga desde la consciencia, no desde el impulso.

Mindfulness nos permite abrir un espacio entre el impulso/reacción, y una respuesta elegida. La consciencia es lo que  marca la diferencia entre reacción y respuesta, quien abre ese espacio que nos permite ser dueños de nuestra vida y no incurrir en peligrosas formas de compensación.

Mercedes Rubio Condado

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